Siempre he sido mejor lector que escritor. Por lo mismo, tiendo a matar textos que no fluyen, o que no cierran bien. De la misma manera, siempre he creído que toda moral que pretenda trascender el ámbito personal tiene algo de nocivo y es altamente peligrosa. Por lo mismo, detesto ir al médico y estoy haciendo todo lo posible por no botar este texto.
Soy plenamente consciente que este no es más que un intento fatuo por proteger mi estilo de vida, un estilo al que tercamente me he apegado en contra de mi salud hasta llevarme al borde de la tumba para volver a salir.
Muchos creyeron, entre otros yo mismo, que haría algo con ello, me cuidaría, cambiaría mi forma de ser, mis hábitos, dejaría de fumar, tomar tinto, Coca-Cola y cerveza. No pude, de verdad hermanos míos, lo intenté. Pero hay algo de trágico en no tomar la vida en serio, no veo tan grave morirme si muero como me gusta vivir. Decía al comienzo que soy mejor lector que escritor, y he encontrado que, hasta ahora la única obra que he escrito a lo largo de 28 años de forma constante y que había fluido siempre con una naturalidad asombrosa era mi vida. Llegó al abismo, pero fluía y eso es importante. Cuando resolví cambiar todos mis hábitos en aras de salvar o al menos, añadir un par de páginas más a mi vida encontré que, si bien puedo pulir lo más nocivo de mí, también es cierto que sin muchos de mis hábitos mi vida deja de fluir, no es un texto sabroso de leer y eso, para mí, es insoportable. No estoy diciendo que estos hábitos me definen, por un lado me valoro más que eso y por otro soy consciente que sería una excusa muy mediocre para justificar lo injustificable. Soy consciente que la concepción de la vida como un texto y su evaluación como tal es no sólo peligrosa sino un tanto idiota, pero tiene algo divertido que me apasiona, y esa forma de verla se acababa conmigo en buenos hábitos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario