Tarde de Lunes. Bogotá está a la expectativa. La gente atenta, se oyen comentarios. Un distraído se acerca a algún televidente para preguntar qué ocurre y recibe el consabido ¡¡SSSHHH!! Se queda mudo y observa. ¿Hay un partido de Colombia? ¿Otro idolillo del deporte logró ganar la tercera división del fútbol (o golf, o tejo) de Andorra? ¡No!
Bogotá (y toda Colombia) está a la expectativa y pegado a su televisión viendo los discursos en la Cumbre de Río. Una cumbre que no suscitaba ningún interés hasta hace muy poco tiempo se ha vuelto el fenómeno mediático de la semana.
Y es que el espectáculo es delirante. Los artistas del micrófono, los hermanos Marx latinoamericanos, están llevando a cabo su más grande representación después de descalificarse de todas las formas posibles, insultarse, poner en duda su credibilidad, mandar batallones, dar ruedas de prensa, etc. Uribe y Chávez se abrazan ante la mirada atónita de Correa. Era evidente que a él no le habían dado más que un rol secundario, el Ringo (la sentencia es de Lisa) de esta banda.
A su país había entrado Uribe, había llevado una operación militar, sacado cadáveres y computadores. Chávez mandó un número indeterminado de soldados a la frontera con Colombia, y vociferado alrededor del mundo en nombre de la soberanía que le habían violado a Ecuador, no a Venezuela. Se alzaron las voces, retumbaron, con ecos y efectos especiales los tambores de los verdaderos protagonistas (Chávez y Uribe), se inició la organización de un pequeño concierto (o grande) en la frontera (aquel con Juanes y Juan Luis Guerra, el de Julito), mientras entre Nariño y Miraflores se llevaba a cabo una logística más sutil, más grandiosa, para un espectáculo verdaderamente delirante.
Jhon y Paul salen en hombros mientras Ringo queda atrás sin saber que hacer. Uribe y Chávez se abrazan, Correa sin entender aún como se volteó todo de tal manera, le da la mano a Uribe de mala gana. ¡Fantástico! Decían todos. Los uribistas aclamaban el tacto político de Uribe por la forma como manejó a Chávez. Los chavistas aclamaban el liderazgo de Chávez por la forma en que manejó a Uribe. Final feliz. Los empresarios colombianos no se quebraron, los consumidores venezolanos pudieron consumir los productos colombianos de nuevo.
¿Qué pasó?
Todo esto resulta paradójico incluso hoy en día. Escriben analistas políticos acerca del manejo dado, y dan las hipótesis más descabelladas, pero ninguno ha querido mirar lo evidente. El montaje de aquel circo tan difícil de explicar lo es no por lo paradójico, sino porque se inicia de un supuesto errado: “Chávez y Uribe se odian” ¿Se odian? Cada vez que el ambiente interno de Uribe se calienta, cuando ya los columnistas neutros y de oposición afilan sus lápices para escribir columnas muy duras (y en algunos muy contados casos muy buenas) Chávez, en “Alo, Presidente”, dice algo contra el gobierno colombiano de tal forma que el Lunes Colombia tiene el patrioterismo alborotado. Hablar mal de nuestro amado y magnánimo Presidente Uribe es un insulto a la patria, las voces de los columnistas se acallan y la popularidad llega al 85%. Y al otro lado de la frontera, ¿no todo es similar? Cuando Chávez ve con preocupación la oposición organizándose, llama a filas clamando porque el lacayo de Washington, Uribe, está conspirando contra la revolución bolivariana, a lo que responde Uribe con un comunicado de prensa acusando de cualquier bellaquería al gobierno venezolano, o mintiendo descaradamente, en algunos casos, de tal modo que los chavistas podrán decir que todo aquel que hable contra Chávez es un conspirador uribista y un lacayo de Washington. La semana pasada se volvió a ver. El viernes la Corte Suprema de Justicia mandó a la comisión de Acusaciones de la Cámara de representantes un expediente acusando al Presidente. El domingo Chávez hizo el favor de insultar a Uribe (una vez más), y el lunes Colombia amaneció con el patrioterismo alborotado, y algo tan grave como la acusación a Uribe quedó sepultada ante la frase tan repetida “en estos momentos de crisis hay que rodear al Primer Mandatario”.
Chávez y Uribe no son amigos. Son compadres, casi como los compadres de huevo-cartoon, como hermanos.
Y por eso creo que todos los sábados desde algún pueblo alejado de Colombia, Uribe levanta el auricular de su teléfono satelital y dice:
“Alo, Presidente? Lo llamo desde el consejo comunal en Pitalito” a lo que responden al otro lado de la línea: “Presidente, chamo Alvaro. ¿Qué necesitas?
